¿Quién no recuerda a Maximino León?, ese pitcher veracruzano lanzando con Naranjeros de Hermosillo en la Liga Mexicana del Pacífico, con ese porte, elegante, pero con un brazo derecho que impuso respeto dentro del campo.
Yo lo recuerdo de otra manera. Cuando iniciaba reporteando en el periódico El Independiente (Ex Sonorense), mi jefe me enviaba a cubrir los deportes y también los partidos en el estadio “Héctor Espino”, ahí lo conocí físicamente, leía y escuchaba a mi padre Ernesto Gutiérrez Ayala contar sus historias y anécdotas en los diferentes medios de comunicación donde colaboraba y que después fundó El Reportero de la Comunidad.
Un trato muy amable, respetuoso, siempre dispuesto a platicar. Recuerdo cuando me ayudaba a conseguir entrevistas llamando a jugadores o pasarme algún dato interesante y en varias ocasiones, me apoyaba como interprete en algunas preguntas a extranjeros.
Sin duda los años pasan y el destino, así como a él, como jugador y después couch de pitcheo, nos llevó a otras libretas, plumas, teclas y espacios, pero el buen recuerdo de Don Maximino se quedo presente en la mente y en el recuerdo. Hoy me tocó verlo y saludarlo después de varios años. El tiempo no perdona, pero siempre estaré agradecido por su apoyo dentro del campo.

Asocrodes entrega reconocimiento a Maximino León.
Hay peloteros que ganan juegos. Hay otros que ganan campeonatos. Y existen unos cuantos que, con el paso de los años, dejan de pertenecer solamente al béisbol para convertirse en parte de su memoria. Maximino León Molina pertenece a esa última categoría.
El pasado reciente volvió a reunir a una leyenda con quienes durante décadas han contado las historias del deporte sonorense. La Asociación de Cronistas Deportivos del Estado de Sonora (Asocrodes) entregó un reconocimiento al histórico lanzador veracruzano de los Naranjeros de Hermosillo, en un encuentro cargado de recuerdos, familia y gratitud.
Y qué mejor escenario que Hermosillo, la ciudad que terminó convirtiéndose en una segunda casa para aquel muchacho que un día llegó desde Veracruz con una pelota en la mano y un sueño que parecía demasiado grande.
Maximino León nació el 4 de febrero de 1950 en Acula, Veracruz, y su historia comenzó mucho antes de que apareciera su nombre en las grandes marquesinas del béisbol. El propio León ha contado recientemente cómo, siendo adolescente, acudió a un tryout de los Charros de Jalisco en Cosamaloapan. Tenía apenas 16 años cuando los buscadores Felipe “Burro” Hernández y Manolo Fortes descubrieron que aquel joven, que originalmente jugaba en el cuadro, tenía algo especial cuando subía a la loma.

El resto es historia. Pero no una historia cualquiera.
Es la historia de un pitcher que aprendió a dominar el juego con inteligencia, control y recursos que parecían sencillos, pero que para los bateadores eran una auténtica pesadilla.
Primero llegaron los Tomateros de Culiacán y el reconocimiento como Novato del Año de la Liga Mexicana del Pacífico en la temporada 1969-70. Después vendría Hermosillo, y con los Naranjeros comenzó una relación que terminaría siendo para siempre. El propio club lo define como uno de los grandes baluartes de su pitcheo en las décadas de los setenta y ochenta y mantiene retirado el histórico número 25.
Maximino no solamente vistió el uniforme naranja. Hizo historia.
La estadística puede decir 126 victorias en la Liga Mexicana del Pacífico, 76 derrotas y una efectividad global de 2.44. El Salón de la Fama del Beisbol Mexicano registra además 946 ponches y 24 blanqueadas en el circuito invernal.
Pero hay números que cuentan historias por sí solos.
Como aquel 0.86 de carreras limpias permitidas en la temporada 1979-80, campaña en la que fue líder de efectividad y en la que los Naranjeros terminaron conquistando el campeonato. Las fuentes estadísticas de aquella temporada registran a León como líder de efectividad con 0.87 al redondear la cifra.
Ese Maximino de la loma, el de la slider, el control y la inteligencia para atacar al bateador, también conoció el béisbol de Estados Unidos.

Los Bravos de Atlanta le abrieron las puertas de las Grandes Ligas y León debutó en 1973. Permaneció varias temporadas en la organización, dejando constancia de que el talento mexicano podía competir en el máximo escenario del béisbol. El Salón de la Fama registra a Atlanta entre sus equipos de Grandes Ligas.
Pero quizá lo más importante de Maximino León no aparece completamente en las estadísticas. Está en la memoria de quienes lo vieron lanzar.
Está en aquellos aficionados que todavía recuerdan una noche en el viejo estadio, una pelota que parecía caminar hacia el bate y terminaba rompiendo tarde, un ponche en el momento difícil o aquella sensación de que mientras Max estuviera en la lomita, el juego todavía podía ganarse.
Está también en las generaciones que llegaron después y encontraron en él al maestro, al hombre que podía transmitir los secretos de la vieja escuela del pitcheo.
Porque una leyenda no se mide solamente por lo que hizo cuando estuvo activo.
También por lo que dejó cuando dejó de lanzar.
El Salón de la Fama del Beisbol Mexicano lo recibió en 1997, reconocimiento que confirmó oficialmente un lugar que la afición ya le había otorgado mucho tiempo atrás.

Y en Hermosillo, el número 25 permanece como una especie de monumento invisible.
Un número retirado no es solamente una cifra que deja de utilizarse. Es una manera de decirle a las nuevas generaciones: “Aquí jugó alguien que hizo historia”.
Por eso resulta especialmente significativo que el reconocimiento de Asocrodes haya encontrado a Maximino León acompañado por su familia: su esposa Dylhia Burgos, su hijo Mayko, sus nietos Vika Alessandra y Mayko Alexander, y sus nueras Mónica López y Dorita.
Porque detrás de cada lanzamiento hubo también una familia. Detrás de cada viaje, cada temporada, cada triunfo y cada derrota, hubo seres queridos que compartieron sacrificios, ausencias, alegrías y preocupaciones.
Y quizá ahí está la verdadera dimensión de un homenaje. No solamente recordar al pitcher. Reconocer al hombre. Al padre. Al esposo. Al abuelo. Al amigo. Al compañero. Al maestro.
Al veracruzano que encontró en Sonora un lugar para echar raíces y que terminó convertido en uno de los grandes símbolos de los Naranjeros de Hermosillo. La historia de Maximino León también está ligada a momentos fundamentales del béisbol mexicano. Formó parte de generaciones campeonas de Hermosillo y estuvo presente en el camino de los Naranjeros hacia aquella histórica Serie del Caribe de 1976, el primer campeonato de un equipo mexicano en el clásico caribeño.

Y hoy, muchos años después, cuando las nuevas generaciones hablan de velocidad, estadísticas avanzadas y tecnología, todavía existe algo que no cambia: la pelota sigue necesitando un hombre que se pare en la lomita y tenga el carácter para lanzar.
Maximino León lo tuvo. Cuando era adolescente. Cuando llegó a la pelota profesional. En México. En Estados Unidos. Y lo tuvo cada vez que salió al montículo vestido de naranja. Por eso, cuando los cronistas deportivos de Sonora se reúnen para reconocerlo, no están entregando simplemente una placa. Están devolviendo una pequeña parte de todo lo que Maximino León le entregó al béisbol.
Porque hay carreras que terminan cuando el pitcher deja de lanzar. Y hay otras que continúan cada vez que un niño toma una pelota, mira hacia el home y sueña con ser grande. La de Maximino León todavía se está jugando.
Y mientras exista un Naranjero que recuerde el número 25, mientras alguien hable de aquel brazo derecho que hizo sufrir a tantos bateadores y mientras una nueva generación escuche su nombre, Maximino León seguirá lanzando en la memoria del béisbol mexicano.
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