Columna: Nada Personal “Donde termina la nota… comienza el análisis.”
Dividir para gobernar… o para dejar de escuchar
Hay una vieja frase atribuida a los grandes estrategas de la historia que sigue más vigente que nunca: “Divide y vencerás”.
Durante siglos fue utilizada en la guerra para debilitar al enemigo. Hoy parece haberse convertido en una estrategia cotidiana de la política… y, peor aún, de la sociedad.
Basta observar lo que ocurre en Sonora.
Si un grupo de madres de familia y responsables de estancias infantiles sale a manifestarse por tarifas de agua o por decisiones gubernamentales, la discusión deja de centrarse en los niños para convertirse inmediatamente en una batalla entre quienes apoyan al gobierno y quienes lo cuestionan. El problema desaparece; la confrontación permanece.
Lo mismo ocurre con el agua.
En una ciudad donde cada verano las altas temperaturas nos recuerdan que el abastecimiento sigue siendo uno de los mayores desafíos, el debate suele reducirse a descubrir si la culpa corresponde al Ayuntamiento, al Gobierno del Estado o a administraciones anteriores. Mientras tanto, los ciudadanos únicamente quieren abrir la llave y encontrar agua. Las soluciones rara vez se vuelven tendencia; las acusaciones sí.
Y lo mismo comienza a observarse en la política.
Aunque las campañas aún parecen lejanas, las redes sociales ya funcionan como trincheras. Cada declaración es interpretada como un ataque. Cada decisión pública encuentra defensores y detractores antes de ser analizada. Poco importa el argumento; lo importante es identificar de qué lado está quien habla.
Estamos dejando de debatir ideas para defender banderas y esa es una mala noticia para la democracia.
Porque cuando una sociedad acepta dividirse en bloques irreconciliables, los verdaderos problemas dejan de ocupar el centro de la conversación.
La seguridad, salud, educación, la infancia, el deporte y el agua.
Todo queda relegado por una competencia permanente para demostrar quién tiene la razón.
La historia demuestra que ninguna sociedad avanza cuando convierte cada asunto público en una guerra política.
Los gobiernos necesitan ciudadanos críticos; la oposición necesita propuestas y la sociedad necesita mucho menos ruido y muchas más soluciones.
No todo debe convertirse en una confrontación.
Hay causas que deberían unirnos sin importar el partido político, el nivel de gobierno o la ideología.
La protección de la niñez, el acceso al agua, la calidad de los servicios públicos, la seguridad y el deporte.
Cuando incluso esos temas terminan atrapados por la polarización, el riesgo es evidente: dejamos de buscar respuestas y empezamos a buscar culpables.
Quizá el verdadero triunfo de la política no sea derrotar al adversario, a lo mejor lograr que los ciudadanos dejen de sentirse divididos, porque cuando una sociedad se acostumbra a pelear por todo, los únicos que terminan perdiendo son los ciudadanos.
Gobernar también es aparecer cuando más se necesita
Hay gobernantes que brillan cuando inauguran una obra.
Y hay otros que son puestos a prueba cuando la ciudad enfrenta una crisis.
Hermosillo acaba de vivir una de esas pruebas.
Las lluvias extraordinarias trajeron beneficios para las presas y para el campo, pero también dejaron daños en la infraestructura hidráulica, aumentaron la turbidez de la presa El Molinito y provocaron afectaciones en el suministro de agua para miles de familias.
Es precisamente en esos momentos cuando la ciudadanía deja de preguntar por los discursos y comienza a exigir respuestas.
La decisión del alcalde Antonio Astiazarán de activar un operativo emergente con distribución gratuita de agua mediante pipas y destinar más de 64 millones de pesos para reparar fugas, socavones y daños en la red hidráulica representa una respuesta inmediata frente a una necesidad que no podía esperar.
Porque cuando el agua falta, la política deja de ser un debate ideológico y se convierte en un asunto de dignidad.
En una ciudad donde las temperaturas superan fácilmente los 45 grados durante el verano, el acceso al agua potable no admite colores partidistas ni cálculos electorales. Es una prioridad humana.
Sin embargo, sería un error pensar que este problema comenzó con las lluvias. Durante décadas, Hermosillo ha enfrentado pérdidas millonarias de agua por fugas, infraestructura envejecida, crecimiento urbano acelerado y una demanda cada vez mayor de un recurso que, por naturaleza, es limitado.
Por eso resulta importante observar que la respuesta no se limita únicamente a la emergencia. En los últimos años, el Ayuntamiento ha destinado más de 630 millones de pesos al fortalecimiento del sistema hidráulico, con el reequipamiento de pozos, incorporación de nuevas fuentes de abastecimiento, telemetría, instalación de medidores y modernización tecnológica de Agua de Hermosillo.
Eso no significa que el problema esté resuelto, si no que existe una estrategia para atender una de las mayores preocupaciones de la ciudad. Y gobernar también consiste en eso.
Asumir decisiones que muchas veces no generan aplausos inmediatos, pero que resultan indispensables para garantizar servicios públicos eficientes. La ciudadanía tiene derecho a exigir resultados y las autoridades tienen la obligación de responder con hechos.
Cuando un alcalde decide invertir en infraestructura hidráulica, probablemente no obtendrá la espectacularidad de una gran obra pública, pero sí puede evitar que miles de familias pasen días enteros sin agua. Esa también es una forma de gobernar.
Hoy Hermosillo necesita seguir invirtiendo en nuevas fuentes de abastecimiento, en el combate al desperdicio, en cultura del cuidado del agua y en infraestructura que resista los fenómenos meteorológicos que cada vez son más intensos.
La solución no llegará con una sola obra ni con una sola administración, será el resultado de la continuidad, la planeación y la responsabilidad compartida entre gobierno y ciudadanos.
Porque cuando una ciudad enfrenta una crisis hídrica, los discursos duran unos minutos.
Pero el agua…El agua cambia la vida de una familia todos los días.
Cuando esa necesidad se atiende con rapidez, sensibilidad y capacidad de respuesta, la política deja de ser protagonista. Lo importante vuelve a ser la gente.
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