Columna: Nada Personal.
Autor: Carlos Alberto Gutiérrez Celaya.
Reconozco que nunca he sido un apasionado del fútbol soccer. Sin embargo, también sé reconocer cuando un torneo cumple con su objetivo: emocionar, unir a las familias y demostrar que el deporte sigue siendo uno de los pocos lenguajes universales capaces de reunir a millones de personas frente a una misma pasión.
Eso ocurrió durante gran parte del Mundial.
Lo lamentable fue que, una vez más, algunos decidieron cambiar el balón por el odio.
Resulta increíble que, en pleno siglo XXI, todavía existan comentaristas capaces de insinuar que agentes del ICE o del FBI podrían detener a jugadores o incluso a sus familias si determinado país levantaba el campeonato. No fue humor. No fue ingenio. Fue una declaración irresponsable que alimentó prejuicios y convirtió un partido de fútbol en un escenario político sin sentido.
Como también resultó vergonzoso observar imágenes de aficionados llevando la pasión hasta los golpes en restaurantes, calles y plazas públicas. El fútbol nunca ha necesitado violencia para demostrar quién fue mejor dentro de la cancha.
Y tampoco deja de sorprender que reaparezcan viejas narrativas ajenas al deporte. Ahí estuvieron nuevamente las mantas sobre las Islas Malvinas, utilizando un conflicto histórico como herramienta de provocación en un evento deportivo. Lo mismo ocurrió cuando algunos difundieron versiones completamente infundadas asegurando que cárteles mexicanos habían amenazado a jugadores de otras selecciones para que dejaran ganar a México. Historias propias de una película, sin evidencia, pero suficientes para alimentar estereotipos y desinformación.
El problema no es una bandera. El problema es cuando el fanatismo desplaza al deporte y convierte una competencia en un campo de batalla ideológico.
Pero sería deshonesto mirar únicamente hacia fuera. México también tiene cuentas pendientes.
Durante años, la FIFA ha sancionado a la Selección Mexicana por el grito discriminatorio que una parte de la afición insiste en repetir en los estadios. Lejos de representar pasión, ese comportamiento provocó multas, advertencias e incluso partidos con restricciones para los aficionados. Y, lamentablemente, también hemos visto episodios de violencia en los estadios mexicanos que terminaron dando la vuelta al mundo y dañando la imagen del fútbol nacional.
Eso demuestra que el problema no pertenece a un solo país.
Pertenece a quienes creen que apoyar a un equipo significa insultar, provocar, discriminar o agredir.
Las grandes selecciones hacen historia por lo que consiguen dentro del terreno de juego.
No por el comportamiento de algunos de sus seguidores.
Y los grandes aficionados son aquellos que saben celebrar con humildad y perder con dignidad.
Hoy las redes sociales multiplican cualquier exceso. Un comentario irresponsable de un analista, una pelea entre aficionados o una manta provocadora puede recorrer el mundo en minutos y terminar eclipsando el verdadero espectáculo deportivo.
El fútbol nació para unir culturas, no para dividir sociedades.
La rivalidad es parte del juego.
La violencia, la intolerancia y la desinformación no.
Quizá ha llegado el momento de entender que el verdadero rival nunca ha sido el equipo que viste otro uniforme.
El verdadero enemigo del deporte es el fanatismo que sustituye al respeto, el micrófono que prefiere provocar antes que informar y la afición que olvida que, al final del partido, todos regresamos a la misma realidad.
Porque los campeonatos terminan.
Las copas cambian de dueño.
Pero los valores con los que vivimos el deporte son los que verdaderamente definen a una afición.
Y esos valores nunca deberían perderse por noventa minutos de fútbol.
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