Reflexiones Libertarias


SIGLO DE LA DERROTA MUNDIAL (PRIMERA PARTE)

Ricardo Valenzuela

En 1999, en la antesala del siglo presente, se le esperaba con ansias pues era una fecha que siempre había seducido a filósofos y grandes pensadores. Pues se le consideraba como un evento que modificaría el rumbo de la historia. Lo que Carl Jung visualizaba como la “Nueva Era”. Nostradamus, tal vez con más precisión, nos anunciaba el arribo del tercer anticristo.

Iniciamos el último cuarto de un año que apunta más hacia la visión de Nostradamus. Para mí ha sido triste ver como EU y México, abiertamente han abrazado el socialismo y la gente lo ha tomado como dicen los americanos; “is not a big deal”. En México, al no conocer la libertad, no nos hemos dado cuenta de que estamos perdiendo la poca que teníamos. Algo similar sucedió en EU cuando, en medio de una locura colectiva por la elección del primer presidente negro, no nos dimos cuenta de la diabólica telaraña marxista que estuvo tejiendo durante 8 años, y en México se convertía en un admirado héroe.

Un terreno minado tan bien camuflajeado que les permitió robar una elección en un proceso en coordinación con todas las instituciones. No nos dimos cuenta de que, con sus armas silenciosas—educación pública y la media mercenaria—ese grupo de piratas habían narcotizado la sociedad para expropiarnos algo tan único como es una mente sana para que, en libertad, pudiéramos evaluar alternativas, seleccionar la mejor y defenderla.

Y cuando nos privan de algo tan valioso, ese estadio donde libremente ejerzamos el poder del voto, nuestra mente se va oxidando hasta quedar inservible solo esperando el ruido del cencerro y continuar siguiendo esa caponera. Y, debemos preguntar ¿Así somos felices y sentimos que nuestra vida es plena? Porque tal vez nos ha sucedido lo mismo que a la pequeña águila dentro de un grupo de pollitos y al afirmar que le gustaría poder volar, la convencieron de que era pollo y nunca hizo el intento de lo que era su naturaleza.

El programa instalado es de “no poder” y surge el conformismo al sentir no tenemos la fuerza para defender nuestra libertad, o no entendemos que nos están esclavizando. Los empresarios estatistas hace mucho son parte de ese edificio de complicidades y los menos interesados en algún cambio, porque es la única forma en que saben hacer negocios y les ha redituado copiosamente. Los burócratas, un segmento ya gigantesco, tampoco les interesa porque lo que hay es su modus vivendi y, sin trabajar mucho siempre estorbando para mostrar el valor de su existencia, tienen su mediocridad asegurada.

Pero, el problema grave son esas clases altas y medias que su nivel de vida si es superior al de esas clases populares y ello les hace asumir una actitud de “no hagan olas” porque, con esa fuerza natural, temen le entre agua a su pequeña canoa que todavía flota. Pero, también, porque su mente ha sido condicionada en algo que pareciera una discapacitación intelectual que les destruido el carácter de rebeldía. Así, solo acuden a las fuentes de información que avalen esas posiciones que siempre han tenido y cualquier cambio les provoca incertidumbre.

Y, algo que nos muestra lo errado de sus posiciones es que, en los últimos 30 años, embriagados con democracia, en México hemos elegido cinco presidentes y nada ha cambiado. Y, con esa miope visión, no entendemos que el único presidente reformador que hemos tenido fue Salinas de Gortari quien, por no haber seguido al pie de la letra las instrucciones del EP, lo destruyeron y destruyeron su obra. Porque las elites solo permiten reformas para su beneficio, no para que los países progresen y mucho menos emerjan líderes que les pudieran hacer contrapeso. Y, cuando detectan ese peligro, son implacables y sin contemplación alguna, destructores ante algún posible rebelde. Lo mismo hicieron con Trump.

Las reformas más grandes en la historia de México y, sobre todo, las que provocaran los mejores resultados, fueron los de Salinas y apuntaban a México hacia la grandeza (consultar cifras de diciembre 1993). Por eso lo debían detener y como lección para otros, lo tenían que destruir. Debían destruir su obra, su reputación y convertirlo en el hombre más odiado de la historia. Así habían destruido a Kennedy, Aldo Moro en Italia, Luis Carlos Galán en Colombia, al príncipe heredero de Austria, Rodolfo de Habsburgo, a Fujimori y muchos otros. Así, Salinas debería ser diabólico, su obra igualmente diabólica y que ese intento no se repitiera.

Y, para operar esas demoliciones tienen las palancas del dinero para activar devaluaciones, banca rota de países, sanciones comerciales y militares, invasiones, guerras, endeudamientos mortales. Para ejecutarlas cuentan con matones oficiales muy efectivos, el FED, la CIA, la ONU, otras oficinas de inteligencia internacional y, por supuesto, el narco siempre listo para recibir pedidos. Para cubrir sus huellas tienen a la media mundial que les da el ropaje de salvadores cuando acuden a devorar el esqueleto que haya quedado.

Pero, su aliado más potente son esas sociedades integradas por miembros con mentes oxidadas, de ideas perdedoras, de actitudes de entreguismo, estructuras culturales que los atrapan en sus redes esclavistas, aceptación de su destino, de mediocridad. Miembros que se han forjado en un derrotismo consciente, automático, con el miope prisma que desvirtúa la realidad. Un esquema que no les permite darse cuenta de esa realidad cada vez más visible y, por inacción y aceptación, solo se quejan en los bares de los pueblos mientras los destructores ven el camino libre para continuar avanzando sin oposición.

Y, ante todos los redentores que han aparecido en escena, no nos dimos cuenta de que eran los mismos, las mismas ideas, mismos estilos de gobernar. Porque son cómplices y siguen el mandato de las elites, con diferentes disfraces, pero actuando siempre para ellos. Todo ante la inmovilidad de sociedades enfermas con miembros patrioteros quemando pólvora, haciendo ruido, encendiendo lucecitas, de banderita en la solapa, para esconder la ausencia de su tenue luz interior que pudiera señalar el camino verdadero.

Esos que critican al gobierno en los cafés entre amigos y, con el acelere del negro estimulante, dejan escapar la elocuencia de sus palabras. La magia del café pone en juego el engranaje de su eterna queja. Saben lo que no deben saber e ignoran lo que deberían saber. Son expertos en todo lo que no sirve y no se fijan en las condiciones de una patria herida que llama a sus hijos y no la escuchan. Pero ¿qué se puede esperar de quienes se cultiva en las peluquerías? Allí su brillo es grande y opinan contra la tesis que exponga su maestro; el peluquero. Se desgarran la garganta, pero hasta allí llega su lucha y salen para sumarse a ese vaho de inercia.

Y el país sigue esperando mientras es destrozado y nos apuntan hacia la ruta de la servidumbre.  

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