Columna: Nada Personal.
Por años, en México la obra pública urbana ha estado atada a una ecuación casi inamovible: grandes proyectos igual a endeudamiento, improvisación técnica y promesas que se inundan con la primera lluvia. Hermosillo, sin embargo, está intentando romper esa lógica. La inauguración del paso a desnivel Colosio–Solidaridad no es solo una obra vial más; es un mensaje político, técnico y administrativo que vale la pena analizar con lupa.
Este domingo 25 de enero, a las cinco de la tarde, el municipio pondrá en operación el paso a desnivel número 14 de la ciudad, pero el dato que realmente marca diferencia es otro: se trata del primer proyecto de esta magnitud en el país financiado al cien por ciento con recursos municipales y sin endeudar a la ciudad. En tiempos donde la tentación del crédito fácil suele imponerse sobre la planeación responsable, la decisión habla de una administración que apuesta por la disciplina financiera como pilar del desarrollo urbano.
Bajo el liderazgo del presidente municipal Antonio Astiazarán Gutiérrez, Hermosillo ha comenzado a construir una narrativa distinta en materia de obra pública: infraestructura que no solo resuelve problemas inmediatos de movilidad, sino que se diseña con visión hidráulica, ambiental y social. No es menor el contexto. La intersección de los bulevares Colosio y Solidaridad concentra diariamente más de 74 mil vehículos, 32,500 por Colosio y 41,500 por Solidaridad, convirtiéndola en uno de los puntos de mayor presión vial de la capital sonorense.
El proyecto, iniciado en enero de 2025, se concibió a partir de estudios especializados, particularmente en materia de escurrimientos pluviales y comportamiento histórico de lluvias. Este enfoque técnico es clave en una ciudad que ha sufrido, una y otra vez, los costos de obras mal diseñadas que terminan convertidas en auténticos vasos de captación… pero de problemas.
Aquí, el discurso oficial se sostiene en hechos concretos: las rasantes del sistema pluvial evitan que el agua de las calles ingrese a las rampas; las parrillas en zonas bajas conducen el escurrimiento hacia una tubería de 102 pulgadas de diámetro, con una longitud diseñada para almacenar el agua de lluvia que cae directamente en el paso a desnivel. A ello se suma un pozo de absorción de 10 metros de profundidad, que permite infiltrar el agua al subsuelo, y un cárcamo de bombeo que incluso posibilita su reutilización para riego de áreas verdes.

Es decir, no se trata solo de evitar inundaciones, sino de gestionar el agua, un concepto que rara vez aparece en la conversación pública municipal, pero que resulta crucial en una región desértica como Sonora.
Desde el punto de vista estructural, el paso a desnivel es un cajón de concreto armado con dos claros: uno de 90 metros en el cuerpo sur y otro de 150 metros en el cuerpo norte, ambos con un gálibo mínimo de 4.50 metros. El bulevar Colosio corre por debajo del Solidaridad, con muros de rampas a base de tabla estaca metálica y pavimento de concreto hidráulico tanto en rampas como en calles laterales, acompañado de señalización en pintura termoplástica.
Pero reducir la obra a lo estructural sería quedarse corto. Uno de los sellos de esta administración ha sido insistir en que la movilidad no se limita al automóvil. En el proyecto se incluyen ciclocarriles con dimensiones adecuadas, de entre 1.5 y 2 metros de ancho, a lo largo de ambos bulevares. En total, se reconstruyen 3 mil metros lineales de ciclovía, de los cuales mil estarán confinados con confibicis, una medida que eleva significativamente la seguridad del ciclista urbano.
En paralelo, la intervención urbana incorpora una visión peatonal pocas veces vista en obras de este tipo: 15 semáforos peatonales, cruces destacados con concreto estampado para mayor visibilidad y jerarquía, y espacios específicamente diseñados para reducir riesgos en el área del puente del Colosio. No es un detalle menor en una ciudad históricamente hostil para el peatón.
El impacto en la movilidad es tangible: con la puesta en operación del paso a desnivel, se estima una reducción promedio del 70% en el tiempo de espera en semáforos durante la hora de máxima demanda. Esto no solo mejora la calidad de vida de quienes transitan por la zona, sino que tiene efectos directos en la reducción de emisiones, consumo de combustible y estrés urbano.
Otro componente que distingue la obra es el ambiental. Lejos de limitarse a “reponer lo retirado”, el proyecto contempla la forestación de más de 500 metros de camellones y arriates, así como la creación de un parque lineal entre el bulevar Colosio y la avenida Pesqueira. Se plantarán más de 3,000 especies entre árboles y arbustos, en su mayoría nativas y adaptadas al clima regional: mezquites, palo fierro, palo verde, torotes, sahuaros, ocotillos, nopales y biznagas, además de agaves, yucas y especies ornamentales de bajo consumo hídrico.

Esta selección no es decorativa; responde a criterios de sustentabilidad, identidad regional y eficiencia hídrica, reforzada por un sistema de riego que aprovecha, precisamente, el agua captada por el sistema pluvial del paso a desnivel. Es infraestructura que dialoga consigo misma, algo poco común en la planeación urbana tradicional.
El proyecto también implicó una compleja reubicación de infraestructura existente: agua potable, drenaje, líneas eléctricas, fibra óptica, telefonía, cable y gas natural. Todo fue reorganizado y colocado de manera subterránea, reduciendo riesgos futuros y mejorando la imagen urbana. Este tipo de trabajos, aunque invisibles para la mayoría, son los que determinan la vida útil y el éxito real de una obra pública.
Políticamente, el mensaje es claro. Antonio Astiazarán apuesta por una gestión que combine solidez técnica, responsabilidad financiera y narrativa de modernización urbana. En un contexto nacional donde los municipios suelen depender de recursos estatales o federales para proyectos mayores, Hermosillo envía una señal de autonomía y capacidad administrativa.
El Paso a Desnivel Colosio–Solidaridad no resolverá por sí solo todos los retos de movilidad de la ciudad, pero sí establece un precedente: es posible hacer obra pública de gran escala sin hipotecar el futuro financiero, sin improvisar en lo hidráulico y sin olvidar al peatón, al ciclista y al entorno.
Al final, más allá del concreto y el acero, la obra representa una forma de gobernar. Y en una ciudad que crece y se transforma a ritmo acelerado, esa visión puede marcar la diferencia entre el desarrollo ordenado y el caos que, cada temporada de lluvias, suele pasar factura. Hermosillo, al menos en este cruce emblemático, parece haber elegido el primer camino.
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