Columna: Nada Personal.
Autor: Carlos Alberto Gutiérrez Celaya.
Unison: Regresar a clases, sin olvidar lo que pasó.
WNBA: Cuando el deporte entra en la cancha de la política.
Este lunes 10 de agosto, los pasillos de la Universidad de Sonora volverán a llenarse de estudiantes, mochilas, prisas, maestros y esa mezcla de nervios y entusiasmo que acompaña el comienzo de un nuevo semestre.
Para muchos será simplemente el regreso a clases. Para otros, será algo más.
Regresar después de un semestre que dejó una lección que la comunidad universitaria no debería olvidar: cuando los conflictos laborales, sindicales y administrativos se prolongan, quienes terminan pagando las consecuencias no siempre son quienes están sentados en las mesas de negociación. Son los estudiantes.
La Universidad de Sonora llega al semestre 2026-2 después de un primer periodo particularmente complicado. Las huelgas de los sindicatos universitarios provocaron suspensión de actividades y obligaron a modificar el calendario académico. La propia institución tuvo que ajustar las fechas para recuperar clases, aplicar evaluaciones y cerrar el semestre 2026-1.
Ahora comienza una nueva etapa y la pregunta es inevitable:
¿Qué aprendimos?
Porque sería muy sencillo colocar nuevamente las banderas blancas, abrir las puertas y hacer como si nada hubiera ocurrido. Pero la Universidad necesita algo más que regresar a clases. Necesita recuperar la confianza.
La confianza de los estudiantes que tuvieron que modificar sus planes; de los padres de familia que sostienen económicamente los estudios de sus hijos; de los maestros que también vivieron incertidumbre; y de una sociedad sonorense que observa a su máxima casa de estudios como una institución fundamental para el futuro del estado.
La UNISON no es solamente un conjunto de edificios, es uno de los principales motores de movilidad social de Sonora.
Ahí estudian jóvenes que buscan convertirse en médicos, ingenieros, abogados, periodistas, científicos, maestros, administradores y profesionales que mañana tendrán en sus manos buena parte del desarrollo de nuestro estado.
Por eso cualquier conflicto universitario debe analizarse con responsabilidad y el derecho de los trabajadores a defender sus condiciones laborales es legítimo. Pero también es legítimo que los estudiantes exijan continuidad académica.
Una universidad pública no puede convertirse permanentemente en rehén de sus conflictos internos.
Y aquí está el gran reto para las autoridades universitarias y para los sindicatos: encontrar mecanismos que permitan resolver sus diferencias sin poner nuevamente en riesgo el semestre de miles de jóvenes.
El nuevo periodo inicia con una oportunidad.
Una oportunidad para demostrar que las diferencias pueden resolverse mediante diálogo, negociación y responsabilidad.
También será importante observar qué tan preparada está la institución para atender las necesidades de sus estudiantes. No solamente hablamos de salones y maestros. Hablamos de servicios escolares, seguridad, conectividad, infraestructura, salud mental, espacios deportivos, investigación y oportunidades para que los jóvenes puedan incorporarse posteriormente al mercado laboral.
Porque regresar a clases no significa simplemente abrir las puertas, es garantizar que esas puertas conduzcan realmente a una educación de calidad.
Y mientras los estudiantes regresan este lunes a las aulas, hay una imagen que debería acompañar a toda la comunidad universitaria: La de miles de jóvenes que no están ahí para participar en conflictos políticos o sindicales.
Están ahí para estudiar, quieren terminar una carrera, conseguir un empleo, cambiar su vida y, en muchos casos, la de sus familias.
Ese debería ser el centro de cualquier negociación, no el sindicato, la rectoría, intereses políticos.
La Universidad de Sonora tiene la oportunidad de comenzar este semestre con una nueva actitud. Que el 2026-2 no sea únicamente el semestre que siguió a una huelga, sino el que la comunidad universitaria decidió aprender de sus conflictos y poner por delante aquello que verdaderamente importa: La educación.
Porque las banderas rojinegras eventualmente se retiran, las negociaciones terminan, los funcionarios cambian y los dirigentes sindicales pasan, pero el tiempo que un estudiante pierde…ese no vuelve.

WNBA: cuando el deporte entra en la cancha de la política
El balón debería ser redondo, la cancha tener dos aros y las reglas estar claras.
Pero hoy, en la WNBA, hay una discusión que está demostrando que el deporte profesional ya no puede mantenerse completamente al margen de los grandes debates sociales: la participación de atletas transgénero en el baloncesto femenino.
Y aquí conviene quitarle la política partidista al asunto y ponerle algo que al deporte nunca le debe faltar: reglas claras.
La controversia tomó fuerza después de las declaraciones de Sophie Cunningham, jugadora de Indiana Fever, quien manifestó su oposición a que mujeres trans compitan en categorías femeninas. La respuesta no se hizo esperar. Hubo críticas, respaldo, protestas y también voces dentro de la propia WNBA que defendieron la inclusión. La comisionada Cathy Engelbert anunció ahora un grupo de trabajo para analizar el asunto.
Y aquí aparece el primer problema de fondo.
La WNBA tiene un nuevo convenio colectivo firmado en mayo de este año, pero su criterio de elegibilidad para jugar establece que las jugadoras deben ser mujeres sin desarrollar en el propio convenio una definición detallada sobre sexo biológico, identidad de género o requisitos médicos. Esa falta de precisión ha abierto la puerta a una discusión que la liga ahora tendrá que resolver.
Mientras tanto, Estados Unidos está viviendo una realidad jurídica distinta.
La NCAA decidió en 2025 que las atletas asignadas hombres al nacer no pueden competir en equipos femeninos, aunque sí pueden practicar con ellos. Y apenas el 30 de junio pasado, la Suprema Corte estadounidense determinó que el Título IX permite a las escuelas establecer equipos femeninos y masculinos definidos por sexo biológico.
Entonces la pregunta deja de ser exclusivamente deportiva.
¿Dónde termina el derecho a la inclusión y dónde comienza la obligación de garantizar una competencia justa?. No es una pregunta sencilla.
Quienes se oponen a la participación de mujeres trans argumentan que el deporte femenino nació precisamente para crear una categoría competitiva que proteja las oportunidades de las mujeres y que las diferencias físicas derivadas de la pubertad masculina pueden tener consecuencias especialmente importantes en deportes de fuerza, velocidad y contacto.
Quienes defienden la inclusión responden que excluir a una persona por su identidad de género puede convertirse en discriminación y que cualquier regulación debe evitar convertir a las atletas trans en objeto de persecución, humillación o sospecha permanente.
Ambas preocupaciones merecen ser escuchadas.
Y aquí hay algo que tampoco podemos permitir: que las atletas se conviertan en piezas de ajedrez de una guerra cultural.
El deporte necesita proteger la competencia.Pero también necesita proteger la dignidad de quienes lo practican.
Incluso desde una perspectiva religiosa, el mensaje debería ser de prudencia. El papa León XIV ha señalado que el deporte pierde su vocación universal cuando se convierte en instrumento de propaganda, poder o confrontación ideológica, y ha reivindicado su capacidad para construir encuentro, respeto e inclusión.
Por eso la WNBA tiene una responsabilidad enorme, no puede gobernar a golpe de redes sociales. No puede decidir una cuestión tan delicada por presión política y tampoco puede esconderse detrás de una frase ambigua en un convenio colectivo.
Necesita escuchar a sus jugadoras, consultar especialistas en medicina deportiva, revisar la evidencia científica, analizar el marco jurídico y establecer criterios transparentes que todos conozcan antes de entrar a la cancha.
Porque una cosa es defender la inclusión y otra muy distinta dejar sin respuesta las preguntas legítimas sobre la competencia. Y una cosa es proteger el deporte femenino y otra convertir a las personas trans en el enemigo.
El baloncesto no necesita enemigos, necesita reglas que protejan a las mujeres, que respeten la dignidad humana y que permitan competir con certeza sobre quién puede estar dentro de la cancha.
La WNBA tiene ahora una oportunidad histórica; convertirse en ejemplo de cómo resolver un debate complicado con ciencia, derecho, diálogo y respeto, o permitir que políticos, influencers y redes sociales decidan por ella.
Al final, el problema no es quién grita más fuerte desde la tribuna, el problema sería que quienes administran el juego no tengan claro cuáles son las reglas.
Porque en el deporte profesional, cuando las reglas no están claras, la polémica termina jugando más que las propias atletas.
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