Hermosillo, Sonora a 28 de abril de 2026.- En Hermosillo hay temas que, aunque no ocupen los grandes titulares nacionales, deberían sacudir la conciencia pública con la misma fuerza que un escándalo político. Hoy hablaremos del abandonado Centro de Gimnasia de Alto Rendimiento, ubicado en la Unidad Deportiva del Noroeste (CUM), que no es solo una historia de obra inconclusa: es el retrato fiel de una cultura institucional que ha normalizado la simulación, el desdén y la falta de rendición de cuentas en el deporte sonorense.
El señalamiento va más allá de una administración que se va sin pena ni gloria. La Comisión del Deporte del Estado de Sonora, bajo su actual gestión, no solo deja pendientes: deja una deuda moral con una generación de atletas que encontró puertas cerradas donde debería haber oportunidades abiertas. Y eso, en el deporte de alto rendimiento, no se recupera con discursos ni con promesas recicladas en tiempos electorales.
Esto también es un mensaje directo a los aspirantes a cargos públicos. A esos que pronto tocarán puertas, recorrerán colonias y prometerán “rescatar el deporte” como si fuera una consigna nueva. Conviene recordarles que el deporte no necesita salvadores de campaña, sino funcionarios que entiendan que su responsabilidad comienza el primer día y termina hasta que entregan resultados, no excusas.
El caso del Centro de Gimnasia es paradigmático. En marzo de 2025, padres de familia denunciaron condiciones indignas para entrenar. La respuesta de la autoridad fue inmediata, sí, pero también profundamente irresponsable: cerrar el espacio con la promesa de una remodelación “integral” en dos semanas. Un plazo que desde cualquier ángulo técnico, presupuestal o administrativo, era simplemente insostenible.
Hablar de renovación de equipamiento especializado, rehabilitación estructural, iluminación, áreas de entrenamiento y adquisición de material técnico de alto nivel no es menor. Es una inversión que supera con facilidad el millón y medio de pesos y que, en cualquier dependencia seria, implicaría procesos de licitación, validación presupuestal y ejecución calendarizada. Nada de eso ocurrió de forma transparente. Lo que sí ocurrió fue lo previsible: el paso del tiempo dejó en evidencia que todo fue, en el mejor de los casos, improvisación; en el peor, simulación deliberada.
Hoy, más de un año después, el centro sigue siendo una promesa empacada. Literalmente. Colchonetas listas pero sin uso, equipo nuevo acumulando polvo, una fosa que no ha recibido un solo salto y un área de suelo que no ha visto rutina alguna. Es la metáfora perfecta de un sistema que invierte —o aparenta invertir— pero que es incapaz de ejecutar.
Mientras tanto, los verdaderos protagonistas, los atletas, han tenido que adaptarse a lo inaceptable. Entrenar en espacios alternos, muchas veces improvisados, sin las condiciones técnicas necesarias para una disciplina que exige precisión, seguridad y continuidad. En la gimnasia, cada detalle cuenta: la superficie, la amortiguación, la estabilidad del aparato. No es un deporte que permita “ajustes” sin consecuencias. Y esas consecuencias no solo son deportivas; también son físicas.
Los entrenadores, por su parte, han hecho lo que siempre hacen en México cuando las instituciones fallan: sostener el sistema con esfuerzo personal, creatividad y, muchas veces, silencio obligado. Porque en este entorno, alzar demasiado la voz puede significar quedar fuera de futuras “consideraciones”. Esa es otra forma de abandono, menos visible pero igual de grave.
Y aquí es donde el tema deja de ser técnico para convertirse en político. No en el sentido partidista, sino en el sentido de responsabilidad pública. Porque cerrar una instalación sin un plan real de reapertura no es un error administrativo: es una decisión. Y como toda decisión en el servicio público, debe tener responsables.
La pregunta que hoy flota en el aire no es nueva, pero sí cada vez más urgente: ¿quién responde por este fracaso? ¿Quién explica por qué se prometió lo que no se podía cumplir? ¿Quién asume el costo de haber frenado, quizá de forma irreversible, el desarrollo de talentos que representaban a Sonora en competencias nacionales como los Juegos CONADE?
El deporte de alto rendimiento no admite improvisaciones. Requiere planeación a largo plazo, inversión sostenida y, sobre todo, respeto por los procesos. Cada año perdido en la formación de un atleta es un retroceso que difícilmente se recupera. Cada competencia sin preparación adecuada es una oportunidad desperdiciada. Y cada promesa incumplida erosiona la confianza de quienes aún creen que el deporte puede ser un camino de desarrollo real.
A los “candidatos” que pronto buscarán el voto, habría que decirles algo con claridad: el deporte no necesita más diagnósticos ni más discursos emotivos. Necesita decisiones serias, seguimiento puntual y una ruptura definitiva con la lógica del “ladrillo”, esa que eleva a los funcionarios mientras están en el cargo y los desconecta de la realidad que deberían atender.
Porque al final, los cargos son temporales, pero las consecuencias de la negligencia no. El Centro de Gimnasia de Alto Rendimiento en Hermosillo es hoy un recordatorio incómodo de ello. Un espacio que alguna vez fue semillero de talento, hoy convertido en símbolo de abandono.
Y mientras no haya respuestas claras, la crítica no solo es válida: es necesaria. Porque el silencio, en este caso, sería complicidad.























