Reflexiones Libertarias


Gobiernos controlados por sus clientes (segunda parte)

Ricardo Valenzuela

Un ejemplo dramático de cómo las burocracias luchan ferozmente para mantener el control de los países, es la historia del Perú y la avenida de Alberto Fujimori como alguien decidido a luchar contra ese cáncer. Sin embargo, la mayoría de la gente vio el final de esta historia como un asalto más para adquirir poder de la misma clase tan familiar en América Latina. Pero era un primer paso hacia cancelar la legitimidad de una forma de gobierno cuya razón de existir estaba desapareciendo. Y la suerte de Fujimori fue igual a la sufrida por quienes intentaran lo mismo, como don Eugenio Garza Sada de Monterrey.

Es común escuchar economistas pro mercado que el consumidor (cliente) es quien dicta la forma en que se maneja la oferta y la producción de las empresas, puesto que el cliente demanda y las empresas ofertan. Pero ¿Hay todavía gobiernos controlados por sus clientes? El progresismo siempre trata la democracia asumiendo que provoca el uso de la violencia y empresas violentas cuando el control lo tienen los clientes. Es la posición de la corrección política.

En primer lugar, esos gobiernos no tienen características de industrias competitivas en donde los términos de comercio son claramente controlados por sus clientes. Los gobiernos democráticos dedican solo una pequeña fracción del total de sus egresos en servicio de protección, que debería ser el corazón y la única de sus actividades. En EU gobiernos estatales y locales dedican solo el 3.5% de sus egresos para mantener una buena policía, así como cortes y prisiones. Si agregamos el costo militar, entonces solo el 10% de los egresos son dedicados a protección ¿A dónde va el resto del gasto gubernamental? Si analizamos la forma en que se dispone el resto del presupuesto, entenderemos claramente que los gobiernos no son controlados por sus clientes.

El costo de los gobiernos democráticos ha surgido escandalosamente fuera de control y muy distinto a la situación en que los clientes, que deberían de tener esa libertad de elegir, tienden a forzar productores a ser eficientes y competitivos. Durante años la mayoría de las democracias han estado cavando sus tumbas provocando déficits crónicos con políticas fiscales que son características clásicas del control de los empleados. Estos gobiernos no hacen el menor esfuerzo para reducir el costo de sus operaciones. Sin embargo, en empresas estatales que se han privatizado, en algunos países ha sido posible para la nueva administración el deshacerse del 20 al 50% de los empleados y establecer una operación productiva y redituable, cuando los nuevos propietarios son verdaderos empresarios no miembros del grupo de poder. Eso nos ha llevado a una situación en la cual la deuda global es de $245 trillones, tres veces el PIB mundial.

Si analizamos las bases para fijar los precios de los servicios en gobierno de la burocracia. Jamás encontraremos alguna pista de influencias competitivas en el nivel de impuestos para definir esos precios. Pero aun en los debates políticos recientes acerca de la reducción de impuestos, vemos cómo los gobiernos democráticos han estado alejándose del control de sus clientes y las discusiones han tomado vertientes ridículas. Las ventajas que intentan señalar, no es la competencia entre jurisdicciones, sino algo que parece increíble. No argumentan que, como los impuestos en Hong Kong son el 15%, las tasas en otros países no deberían ser superiores a ese 15%. Todo lo contrario. La ventaja real para quien paga impuestos no es el hacer negocios en una jurisdicción o en otra, sino un masoquismo para hacerlos bajo tasas que los penalizan, o, como el gobierno garantiza sus ganancias y su “bienestar”, no les importa la tasa. 

Ello nos muestra su lejanía de la base competitiva y su causa común con las protecciones impuestas por estados democráticos de bienestar. Los términos del impuesto progresivo sobre ingresos, que emergió durante el siglo 20, son dramáticamente diferentes que las medidas para el establecimiento de precios que preferirían los clientes. Esto sería muy claro si lo aplicáramos a tarifas de servicios telefónicos que hasta hace poco todos eran monopolios, comparando las cargas para soportar una medida de proteccionismo. Los clientes protestarían si una compañía de teléfonos atentara cargar por llamadas sobre las mismas bases de los impuestos sobre ingresos. Supongamos que una compañía de teléfonos te envía una cuenta de $50,000 dólares por una llamada a Londres, solo porque acabas de consumar un negocio en el que has ganado $150,000 dólares. Porque eso es exactamente la base sobre la cual se establece el impuesto sobre ingresos en todas las democracias. Mientras más produces, más te penalizan.

Cuando analizamos los términos sobre los cuales las democracias han operado, tendremos claro que todos sus gobiernos siempre han estado controlados por sus empleados y operan solo para su beneficio. Aquellos que pagan para su operación, no tienen voz ni voto en la decisión sobre el gasto que contantemente aumenta para beneficio de la burocracia y empresarios estatistas. Es decir, el gobierno opera como los bateadores ambidiestros, lejos del control de clientes y como monopolios naturales. Los precios no tienen relación alguna con los costos, la calidad de los servicios es mala, y las quejas de los clientes rara vez son atendidas y, por supuesto, nunca resueltas.

Pero, si hay más votantes que burócratas ¿Cómo es posible que los burócratas mantengan ese control? El estado de bienestar emergió para resolver esa pregunta. Al no contar con suficientes burócratas para crear una mayoría, gran número de votantes fueron prácticamente incluidos en la raya del gobierno y recibir pagos de todas clases (seguro por desempleo, estampillas para alimentos, viviendas populares, subsidios, precios de garantía etc.). Todos esos recipientes se convirtieron en dependientes del gobierno a veces sin tener la molestia de ir a trabajar. Pero esto claramente implica que, cuando la magnitud es más importante que la eficiencia, gobiernos controlados por sus clientes nunca desarrollarán productividad y crece la burocracia.

El estado de bienestar ha sido el triunfador en el enfrentamiento por el control del gasto gubernamental, para llevar al mundo entero a un nivel de bancarrota que tarde o temprano deberemos enfrentar. Hemos regresado a un mundo de confrontaciones, reales o provocadas, en la cual la ineficiencia de las democracias ha hecho posible el retorno de un mundo violento. Los masivos gastos militares representan un distintivo despliegue de capital para ganancias personales. Con ironía podemos afirmar que la ineficiencia de la democracia con su estructura de bienestar social fue lo que la hizo exitosa en este nuevo mundo hostil.

Pero, una sociedad que perpetúa la fuerza del estado entregándole control total del patrimonio nacional y mezcla su forma de gobierno con la economía, es una regresión histórica inaceptable. Y es cuando no hay más futuro para la sociedad y la libertad, que el que hubo en el feudalismo.    

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