La hora del cambio


José Darío Arredondo López

“Mi ideal político es el democrático. Cada uno debe ser respetado como persona y nadie debe ser divinizado” (Albert Einstein).

Como todo mundo sabe, o debiera saberlo, tenemos nuevo presidente en México. Un nuevo titular del Poder Ejecutivo nacional que, según ha dicho, reconoce y defiende que el pueblo es el soberano y que el presidente debe obedecer el mandato del pueblo, en quien recae la soberanía nacional. Como usted verá, algo tan obvio, tan claro y tan recitado en todos los ámbitos de la vida política ha sido palabra, pero no realidad, premisa pública pero no práctica ni compromiso de quienes han ocupado siquiera el más chaparro de los puestos en la administración pública. Sucede que quienes son funcionarios públicos de repente se sienten investidos de una virtud especial o, si se quiere, de un paquete VIP que los faculta a hacer lo que les venga en gana, cubriendo, desde luego, la cuota que demanda el de arriba pero que pueden recuperar (y más) mediante las aportaciones del de abajo.

La cadena alimenticia de la alta, mediana y baja burocracia federal, estatal y municipal es obediente a las reglas del juego de la sobrevivencia que algunos llaman política mientras que otros juzgan como la versión legal de las mafias sicilianas o las engendradas en la lógica del mercado a lo gringo, donde hay que engordar al capo de turno para seguir disfrutando sin hacer o merecer casi nada el producto económico y de relaciones y acuerdos recibido, administrado y ampliado en cada cambio de forma sin alterar el fondo.

Nos hemos convertidos en maestros de la simulación, del disfraz mediático, de la palabra dicha con facilidad, pero sin veracidad, de la salida cantinflesca y la pose fotogénica que le llena el ojo y hace el día de la prensa chayotera que ayuda a construir imagen, prestigio y destino de muchos bajo los reflectores y escrutinio de la opinión pública educada en culebrones tipo la Rosa de Guadalupe. Somos acríticos en el fondo y críticos en la forma, de suerte que nos regodeamos ante las sospechas del fraude, pero pasamos de largo ante la certidumbre de este, en una contradicción que se resuelve en la cresta de la siguiente contradicción, en la vorágine del chisme caliente que alimenta la intelectualidad facilona del comentócrata y el ocioso social que busca la siguiente bandera que enarbolar con pujos de liderazgo y empaque de luchador social. La acción ciudadana es cosa de unos cuantos mientras que el resultado es cosa de todos.

En este panorama desolador, creemos que López Obrador va por el rescate de las categorizaciones sociales y políticas que dieron rumbo al país en su construcción como sociedad organizada y respetuosa del derecho con los liberales encabezados por Benito Juárez, por los demócratas ejemplificados por Francisco I. Madero, por los constructores del Estado Mexicano y la institución presidencial representados por el General Lázaro Cárdenas del Río, hacedor de Patria poniendo delante al pueblo y basando su poder en el pueblo, y lo ha dicho con claridad: no puede haber un pueblo pobre con un gobierno rico. Así pues, en su gobierno habrá una idea fuerza en la administración pública: “primero los pobres”.

Este golpe de timón, este giro en la cosa pública, en sus prácticas arraigadas y convertidas en norma de conducta imitada, reproducida y exigida en el ejercicio el poder desde luego que mete ruido, genera desconfianza porque “todos los políticos son iguales”, porque nos hemos habituado a que nos jodan, a recibir la torta o la amenaza, a que al final nos la “metan doblada” como diría el genial Paco Ignacio Taibo II; a que nos den el golpe y luego el sobón que aplana las abolladuras de nuestra dignidad ciudadana y autoestima personal para dejarla lista y dispuesta para el siguiente agravio. Pero AMLO nos da su palabra, empeña su prestigio personal de luchador social honesto, de político que sobrevivió un desafuero orquestado por el prianismo, de haber recorrido muchas veces el país en busca de la conciencia ciudadana que hiciera posible el cambio y que, tras sembrar esperanzas a golpe de voluntad pudo cosechar el voto mayoritario el 1 de julio pasado.

Algunos se preguntan ¿qué ganamos con AMLO? Es claro que lo que se ha ganado es la posibilidad de convertir un pueblo de clientes o de usuarios de servicios en un pueblo de ciudadanos capaces de tomar sus propias decisiones, un conjunto humano organizado en busca de la justicia, la equidad, la inclusión y el respeto hacia personas e instituciones. Como se ve, no es el mago que se va a sacar un país nuevo de la chistera, sino un catalizador de cambios y transformaciones que saldrán del pueblo empoderado, consciente de su propia capacidad de ser y de lograr. El presidente López Obrador no es infalible, se puede equivocar, pero para eso nos tiene a todos los ciudadanos que podemos y debemos ejercer nuestra crítica tanto como el apoyo requerido para la obra transformadora que demanda México.

Llegó la hora del cambio, pero ¿no es eso justamente lo que queríamos? Seamos congruentes.

http://jdarredondo.blogspot.com

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