Reflexiones Libertarias


No aprendimos de la verdadera historia.

Ricardo Valenzuela

“La historia es un vasto sistema de advertencias”. Lord Acton

Las últimas semanas decidí revivir una de las eras más tristes que México ha vivido y que, desgraciadamente, para muchos mexicanos debería estar muerta, sepultada y olvidada. Si el ignorar el pasado fuera la mejor forma de lidiar con los problemas, las mejores universidades del mundo no tendrían departamentos de historia y tampoco habría historiadores del calibre de Douglas North, ganador del premio Nobel, o nuestros admirados Jesus Reyes Heroles y Daniel Cosío Villegas. La historia siempre ha tenido respuestas sabias capaces de iluminar el camino del presente. Si la historia no fuera importante, Von Schiller no hubiera escrito frases como; “el historiador es un profeta en reversa”.  

Uno de los problemas que hemos vivido en México es la manipulación de nuestro pasado a conveniencia de quienes han mantenido el poder, y el control pretoriano de nuestro sistema de educación. Ese ha sido el instrumento para inocular en la consciencia de la gente lo que a ellos les conviene: “Porfirio Diaz fue un ladrón y sanguinario dictador. Juarez fue angel de libertad, democracia y respeto. Lazaron Cárdenas el mejor presidente en la historia, nos protegió de los gringos”. Y si a esa venenosa capirotada le agregamos la media siempre vendida al estado, tendremos este cuadro muy claro.

En México nos engañaron con la revolución mexicana y sus grandes logros, los niños héroes etc. Hasta que al inicio de los años 70 nos enfrentamos a la realidad de un país que fuera presa de dos dictadores sexenales. Con aquel enfermizo poder presidencial destruyeron ejemplos mundiales de trabajo y éxito, como fuera el Valle del Yaqui en Sonora despojando a los hombres que lo habían conquistado. Luego era el turno de la banca que, por decisión de un solo hombre tratando de evadir su responsabilidad, cobardemente expropiaba lo que fuera también un ejemplo mundial. Entre los dos ya habían destruido la moneda. Era la ideología revolucionaria en esteroides. Miguel de la Madrid, inocentemente trataba de nivelar el barco siguiendo la misma ruta, y el país se le desmoronaba en las manos.

En diciembre de 1988 Salinas de Gortari tomaba las riendas del cascarón de un país a punto del naufragio. Era hora de cambiar el mapa eligiendo otra ruta. El nuevo presidente de inmediato llevó a cabo una gira por Europa pidiendo a la comunidad inversionista que, en su entusiasmo por Europa del Este, no olvidaran a México en donde se iniciaba una profunda transformación. Esa comunidad atestiguaría luego la emergencia un milagro que se llegó a conocer como “Salinostroika”. La resurgencia de un México que opacaba el comportamiento de los países liberados por Rusia en sus procesos de apertura y liberación económica.   

La inundación temporal de los cofres del gobierno, cortesía del petróleo, dilataba artificialmente la muerte de la ideología estatista heredada de la revolución. Esa ideología definida por Octavio Paz describiendo cómo la independencia fue la negación de lo que habíamos sido; no fue guiada por una visión nacional derivada de nuestro pasado, sino por otra ideología totalmente ajena. Fue la manifestación clara de las tradiciones patrimoniales españolas y árabes que inevitablemente nos llevaron al caudillismo que nos ha dominado.

El positivismo de Porfirio Diaz, siguiendo las ideas de Mill y Spencer, demandaba el desarrollo de industria, una burguesía democrática y el ejercicio intelectual libre. La dictadura basada en grandes posesiones rurales, el caciquismo y la ausencia de libertades democráticas, no pudo apropiarse de esas ideas sin negarse a sí misma, o desfigurarlas hasta que fueran irreconocibles. El positivismo se convirtió en una histórica imposición más peligroso que los que lo precedieron porque se basaba en una concepción errónea. Entre los terratenientes y sus ideas filosóficas y políticas, se levantó un muro de decepción y surgía inevitablemente la expulsión del régimen de Diaz. Le abría las puertas al estatismo.

Salinas, aquel diciembre de 1988, se enfrentaba a la crisis más grave que el país experimentara desde la revolución. De inmediato iniciaba una serie de reformas que sorprenderían al mundo entero. En diciembre de 1993 el rostro de México era otro. La inflación se había controlado en un 8%. Los intereses se ubicaban en un 11%. El déficit fiscal se convirtió en superávit. La economía crecía al 4%. El peso se estabilizaba a $3.5. El mito de empresas estatales base de recursos para el gobierno, se disipaba cuando el 90% perdían dinero que el gobierno luego cubría. Las reservas internacionales se habían recuperado. Se había llevado a cabo una reforma del sistema impositivo estilo Supply-Side que realmente apoyaba el crecimiento.

Pero el logro más importante sería la consolidación y reducción de la pavorosa deuda mediante un programa que requería gran conocimiento de las finanzas internacionales y, en especial, gran creatividad y capacidad negociadora para establecer un esquema que parecía imposible. Una creativa estructura que no únicamente permitía el pago de los pasivos de acuerdo con la capacidad del país, pero también un arreglo que no perjudicara su crecimiento y desarrollo. Este increíble logro sería la magna obra de Pedro Aspe que le daba al país resucitación cardiopulmonar, para regresarlo a la vida y darle la calificación y para acceder al capital internacional.

Esa era el nuevo semblante de México aquel diciembre de 1993. Un panorama que permitía afirmar con autoridad; “misión cumplida”, el siguiente sexenio sería de consolidación. Pero el 1 de enero de 1994 Salinas recibía un certero golpe cuando se iniciaba el diabólico plan para destruir lo que se había construido. El objetivo claro de los conspiradores era recuperar el poder para regresar al “nacionalismo revolucionario”. El poder que mantenían cuando el 80% de la economía controlada por el gobierno era su coto de caza. Cuando se repartían “trabajos” en bancos donde la mordida sustituía al análisis financiero y capacidad de pago.

El segundo golpe sería el asesinato de Colosio que lo postraba en una encrucijada en la cual se cometieron dos errores garrafales. El primero fue cuando Salinas quiso sustituir la candidatura vacante con Pedro Aspe, pero requería un cambio constitucional puesto que el candidato no debería haber ocupado un cargo público seis meses antes. Salinas necesitaba los votos del PAN para ejecutar la reforma. Llamó a Castillo Peraza, presidente del partido, quien rotundamente se negó. Eso lo escuché de voz de Castillo Peraza en un desayuno que tuvimos en 1992. Yo le pregunto ¿Por qué Carlos, Aspe era la mejor opción? Con su gran labia me daba una respuesta cantinflesca.  ¡Ese fue el error de Castillo Peraza!

El segundo error lo cometió Salinas al haber palomeado a Zedillo, pues sería la chispa que encendiera la coordinada acción de Zedillo, Ortiz y cia, para llevar a cabo la planeada devaluación que luego se conocería como el “error de diciembre” y, cuando se les agotaran las escusas, le colgaban la culpa al expresidente. Esa decisión llevaría al país a una vorágine que lo sumiría en la crisis más grande de su historia moderna. El oleaje de esa tormenta cimbraría al mundo entero en un Tsunami que se conocería como “el efecto tequila”. No aprendimos de la historia y los herederos del estatismo de nuevo están en el poder. ¡Ahora viene la condena de la repetición y la mediocridad!

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